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La noche es densa en el Bosque Negro, y caminas sin rumbo entre los árboles que te impiden ver la luz de la Luna. De repente, a los sonidos habituales del bosque -a los que te has acabado acostumbrando tras meses de viaje através de él- se le empiezan a añadir otros ruidos, cada vez más constantes y pronunciados, hasta que tu cordura no aguanta más, y empiezas a correr desesperado; sin poder sentir que bajas, bajas y bajas hacia un agujero en el terreno sumido en las tinieblas. Finalmente paras en seco, al notar que algo cruje bajo tus pies. Miras hacia el suelo, y un latigazo de terror te hiere al darte cuenta de que estás sobre un montón de huesos humanos, roidos y mordisqueados, que desprenden un olor insoportable a ciénaga.
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Sientes que el corazón se te para, y el miedo impide que te muevas. Intentas huir, pero todo tu cuerpo se encuentra sumido en el terror, y no responde. Sólo logras conseguir mirar a tu alrededor, esperando esa garra o esos colmillos que segarán tu vida para siempre. Únicamente ves las paredes del agujero en el que estás inmerso, y una pequeña salida que se prolonga pared arriba. Por fin consigues moverte, el miedo te abandona por un momento para dar lugar al valor necesario para sobrevivir en una situación así. Empiezas a subir por donde bajaste, y logras percibir movimiento entre la espesura. Tu cuerpo, alertado consigue divisar cientos de ojos rojos entre la densa vegetación.
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Desenvainas tu espada de Mithrill, rodeada de una llama azul, llamada Endoria, o pluma de fuego, y te preparas para luchar. Los seres se aproximan a ti, sin dejarse ver.
Sin previo aviso, una telaraña gruesa como una cuerda y fuerte como el metal rodea tu espada, inmovilizándola. Ahí habría acabado tu existencia si no llevaras a Endoria en la mano. La espada desprende una llama azul que derrite a la telaraña, pero que ni siquiera te quema.
Los seres se dejan ver: son arañas gigantes, de uno o dos metros cada una. Una de ella se abalanza sobre ti, y endoria corta su vida con una tajada en la cabeza de la bestia. Así empiezan a llegar, una detrás de otra, hasta ti, estas criaturas, y tu les vas dando muerte de forma élfica, con tu espada elfa. Las artes de montaraz te enseñaron a conocer la naturaleza, y esto te sirve ahora, pues te das cuenta de que el cansancio se apodera de ti, y de que habrá cientos de criaturas iguales, por lo que es mejor huir. Por ello corres en dirección contraria a las arañas, hacia el agujero de nuevo. Te concentras y pones en práctica tu aprendizaje, corriendo por las paredes inclinadas del agujero. Ellas son incapaces de seguirte. Finalmente te encuentras en el interior del agujero, sobre la sima de huesos.
Notas el aliento caliente y maloliente de un enorme ser detrás de ti. Das media vuelta y tus esperanzas de vivir te abandonan. Te encuentras ante una araña de gran nivel, de unos 10 metros de alto y 20 de largo.
Sus mandíbulas se abren, y tu esperas. Esperas hasta que la proximidad de su boca es tanta que su saliva te moja el pecho. Entonces clavas a Endoria en su garganta. Los ruidos producidos por la araña son indescriptibles, te ensordecen, y quedas aturdido. Endoria arde y arde haciendo sufrir al animal. Pero éste dirigue sus afiladas patas hacia ti. Es indudablemente tu fin.
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Asumes tu muerte antes de que se produzca, pues cuando la bestia se dispone a cazarte, un haz de luz plateada ciega tu vista. Cuando la recuperas observas como la araña se agita arriba y abajo, de izquierda a derecha, como si se batiera en duelo con otro ser invisible.
Pero estás en el Bosque Negro, y allí no todo es lo que parece. Observas atentamente y logras descubrir una sombra, sumida en las tinieblas, envuelta en telas negras, que empuña una espada reluciente; y que recorre el torso del animal mientras clava ésta en su impenetrable cabeza.
El acero rompe su cráneo, y la araña empieza a tambalearse, y su cuerpo inerte se precipita hacia ti. Entonces el tiempo se para, o discurre más lento, o por lo menos eso parece; pues tu saltas a tiempo y quedas suspendido en el aire, tocando después tierra al fin, a salvo de la bestia.
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Entonces el movimiento cesa, y alzas la mirada descubriendo a tu salvador: es un hombre, de expresión seria y severa, rodeado de una brillante coraza plateada, y de unas grebas, unos brazales y unos guantes de acero que relucen mientras sujetan una espada larga, contundente y a la vez ligera, bañada en la sangre de la bestia. Sus ropas son negras y lo envuelven por debajo de su armadura como si lo aislaran del mundo y lo sumieran en las tinieblas.
Entonces él se dirige a ti:
-Debes de estar cansado, acompáñame.
Con esta simple frase abandona el agujero sin mirar atrás, confiando en que lo seguirás, y así lo haces.
Los caminos se cortan y vuelven a renacer y serpentean en un bosque oscuro donde todo tiene vida, o por lo menos parece tenerla.
De esta forma llegais a una pequeña claricie entre el follaje, rodeada de un abismo de rocas de gran tamaño, que hacen de fortaleza para una baja torre en el centro, en la que entrais por una puerta robusta de roble. El interior es sombrío y vacío, y presenta una pequeña habitación de entrada, que da paso a otras dos a los lados y a las escaleras que llevan al piso superior. Las paredes, se separan en partes de piedra y partes de tierra, que las hacen más resistentes. La habitación, poco iluminada, a la luz de una débil antorcha casi consumida, presenta un trono en la parte opuesta a la puerta. Es uno trono de acero forjado, con unas alas de vampiro gigante en la parte superior, roidas por el tiempo. Se sienta en el trono. Entonces tu dices:
-Estoy en deuda de vida con su merced, permitame agradecerle lo que ha hecho por mi persona. Le serviré en lo que desee. Pero antes, dígale a este montaraz donde se encuentra.
- Esta es mi morada- dice él - aquí aguardo paciente a que alguien necesite de mi ayuda, pues este es un lugar muy peligroso, donde los hombres no son precisamente la especie dominante. Soy Lutar, hijo del Gran Unduin y la Bella Lerien, y tengo sangre humana y elfa. Nací en Gondor, y realicé mi aprendizaje como montaraz, al igual que tú, y también como guerrero en Rohan. Posteriormente el cruel destino mató a mi familia, y me llevó aquí. Desde entonces soy EL LOBO GRIS, como me llaman los elfos del bosque. Vivo y cazo de noche, lo que representa todo el día, pues aquí no llegan los rayos de sol.
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